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Bukowskiana
de Leticia Manauta |
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El Alemán es así. Aparece de sorpresa y se va sin avisar. Llega muy tarde en la noche, golpea la puerta con impaciencia, porque piensa que el timbre molestaría a los demás vecinos, como si no entendiera como posible que los golpes también se oyen. Como hace veinte años o más que hace lo mismo, mis vecinos saben que es el Alemán que ha regresado y que por unos cuantos días podrán traerle a arreglar cualquier trasto que se les ocurra, porque con las manos hace maravillas.
Decía que se pone impaciente frente a la puerta, bufa como un caballo, para que una del otro lado se dé por enterada que ha regresado. Nunca pidió una llave y tampoco se la ofrecí.
Mi departamento está en un primer piso, por escalera por supuesto, sobre Paseo Colón, ahora estoy cerca de la autopista y más allá está el Parque Lezama, me gusta ir los domingos de sol, hay chicos y chicas que hacen teatro o malabaristas. Iba con la Cuca, con mi mamá hasta que pudo caminar, con el Alemán nunca, porque cuando llega a mi casa no sale, si lo hace es porque se va.
Es un edificio ruinoso y la puerta de calle esta siempre abierta. Las veces que pusimos una nueva, con llave, apareció rota la cerradura o directamente rota la puerta; alguno de los pibes de ahora, andan con la falopa y quieren los pasillos casi en penumbras y sin puerta. Entre los vecinos nos conocemos los horarios por lo menos los más antiguos- y hasta la manera de subir las escaleras. Por las ventanas internas que dan al patio central, nos gritamos de ventana a ventana o por señas. El Alemán justamente inventó un sistema de campanillas unidas con un hilo entre mi departamento y el de la Cuca, pero cuando ella se murió hubo que sacarlo. Vivimos jubilados y pensionados, como yo; unos pocos que tienen trabajos fijos, eso entre los más antiguos, vamos quedando pocos. Los nuevos han hecho pensiones, porque los cuartos son grandes y todos tienen más de un baño; entonces nunca sabes bien con qué te vas a encontrar. Lo peor de todo son los que venden falopa; pero como todos somos pobretones, de última nadie quiere sacarle nada a nadie.
Dos veces en los últimos veinte años no respondí a los golpes en la puerta del Alemán. La primera vez porque estaba con alguien que parecía mejor que el. Era un negro, negro de verdad que se me pegó la única vez que fui a Brasil, con mi amiga y vecina la Cuca, que en paz descanse. Nos fuimos a pasar el Carnaval en Río de Janeiro. Yo no estaba como me veo ahora, tenía un cuerpo pulposo que atraía a los hombres. Al tipo lo conocí bailando en la calle y después de entrar un poco en confianza me dijo que quería conocer Buenos Aires. Así se pasó dos años metido en la cama; tomándose todo el alcohol que podía, comiendo churrascos de lomo, además de fumarse todo y comprando, mejor dicho haciendo que le comprara zapatos, se volvía loco por tenerlos de todos colores y modelos. Se debe haber llevado como doce pares, cuando regresó a Brasil. Día por medio los cepillaba y lustraba con ahínco, incluso los míos. Nunca tuve tan brillantes zapatos. Ese trabajo el único que le vi hacer en Buenos Aires- parecía excitarlo, ya que después de una sesión de lustre venía una de sexo que parecía que estábamos sambando por las calles de Río de Janeiro en pleno Carnaval. Estaba bien dotado el moreno.
Pero nada dura para siempre y dos años después, con las cajas de zapatos, algunas de cigarrillos, algunas botellas de vodka y gin-le gustaba el alcohol fuerte- lo boté de la casa. Con ese ritmo carioca para hacerme gastar dinero iba a tener que buscarme un trabajo y además en algún momento el tema del sexo comenzó a declinar.
La siguiente vez que no le abrí al Alemán era porque yo no estaba dentro del departamento, sino en el Hospital Argerich, es el que queda más cerca de mi casa. Me llevó la Cuca, justo a tiempo, tuve una hemorragia que me chorreaba por las piernas. Me llevó a tiempo, se quedó al lado mío una semana entera, recién después volvió al edificio y pudo contarles a los vecinos, así que nadie pudo decirle al Alemán que yo no estaba con otro tipo, sino que estaba enferma. Tampoco él hubiera ido a ese lugar, no le gustan los hospitales ni los velatorios. No fue a verla a la Cuca que estaba muriendo, ni tampoco quedarse en el velatorio cuando se nos fue, eso que le tenía simpatía.
Esa vez estuvo como seis meses sin venir. La verdad no tuve tiempo de extrañarlo mucho. Estuve un mes internada, me sacaron todo, primero el útero, los ovarios, me vaciaron. Después la vesícula que la tenía llena de piedras, negras, todavía las guardo en una bolsita de tela, están en un cajón del ropero. Salí llena de costuras, parecía un matambre. Entre regordeta al hospital y salí flacucha, fláccida, porque a cierta edad te quedas con los pellejos colgando cuando adelgazas mucho. La cara con una palidez que nunca se fue y no se disimula, sino te pintas como una puerta.
Mis vecinos, los de siempre, se portaron de diez, se turnaban para hacerme de comer, lavar y planchar la ropa, cuidar de los gatos-tengo cuatro ahora, pero en ese tiempo había como diez- siempre me gustaron y además gracias a esos animalitos no veo una rata en esa casa tan vieja. La Cuca no podía con todo, en ese tiempo el hijo todavía viva con ella, un atorrante que nunca quiso trabajar y andaba con malas juntas. Ella me decía “te enfermaste por la mala vida que haces, desde ahora me voy a ocupar de que hagas vida sana”, tiró todo el alcohol que había en la casa, los cigarrillos; me preparaba sopa de verduras, ensaladas, flanes, ella era vegetariana así que durante unos meses no vi ni olí carne de ninguna clase. Tanto se cuidaba, lo mismo al chico, le daba todos los gustos, un malcriado. La pobrecita se fue primero, un cáncer de pulmón fulminante se la llevó en un mes, el pibe aprovechó para irse de la casa, no le importó la madre, ahí me alegré de no haber tenido hijos y cuando pudo ser me hice un aborto. La cuidé yo hasta el final, era como una hermana y le compré la morfina para que cuando empezara a ahogarse se durmiera tranquila. Me ayudo otra vecina que es enfermera, que se mudó por eso le cuento.
Estaba hablando del Alemán y como pierde la noción del tiempo. Se cabreó feo esa vez del hospital. Es así no pensó que era difícil que tuviera rivales, porque después de la enfermedad ni las moscas se acercaban. Lo bueno que para él los cambios no cuentan, ni la gordura, ni la flaccidez, ni los costurones que mejoraron un poco pero nunca se borraron, me coge siempre con el mismo entusiasmo. Eso sí con las limitaciones que los años nos han impuesto a los dos. Tiene costumbres en el sexo, cuando llega y le abro la puerta atropella con premura y casi sin sacarnos la ropa lo hacemos. Después se pone más exquisito, se saca la ropa mugrienta que trae vaya a saber de dónde, viene de muchos meses de andar de un lado al otro. Eso lo imagino, porque él no dice nunca por donde anda. Durante el tiempo que está en mi casa, antes era una semana como mucho, después fue estirando los tiempos, la última vez se quedó más de un mes, cuando está acá tiene asegurada ropa limpia, comida caliente, ducha todos los días, cerveza y whisky.
Contaba cuál era la rutina, cuándo sale del baño y se ha puesto un pijama limpio, busca una cerveza fría y se sienta en el sillón preguntando “que se come en esta casa”. Viene entonces la segunda parte, me pongo un camisón - que uso sólo con él –negro o rojo; por supuesto cada año tiene más tela, cuando empezamos a vernos era un baby doll o enaguas transparentes, desde hace unos años, mejor que se vea poco. Apago las luces fuertes, tengo una lamparita roja guardada para el velador. Pongo música, a mí me siguen gustando los boleros, soy romántica, también Mina o Luigi Tenco ‘Io capito che ti amo’ es divino. Me pone la carne de gallina. El Alemán es más del jazz, Duke Ellington, Coltrane, Satchmo y el preferido Charlie Parker. Es un cortazariano sin saberlo. No crea que soy una ignorante, leía de jovencita y hasta fui a la facultad, lo que pasa es que siempre me tiró la farra, los tipos, el alcohol, no tenía disciplina, como decía mi pobre vieja, que Dios la tenga en la Gloria, gracias a ella tengo el departamento, los muebles, el sillón que le gusta al Alemán.
Ella y mi papá compraron ese departamento trabajando mucho; pero el viejo parece que tampoco tiene disciplina, un día se largó de casa y nunca más volvió, ni siquiera a verme a mí, nunca dónde o cuándo murió, yo tendría ocho o nueve años cuando se fue. La vieja firme siempre parando la olla, mandándome al colegio, obligándome a ir al secundario y hasta la facultad. Cuando me fui haciendo grande mi mama decía que me parecía a mi viejo. Debe ser así, porque cuando empecé a tomarle el gustito a la noche, a los hombres me fui yo también y la dejé a la vieja, solo regresé para cuidarla cuando estaba enferma. Cuando se murió la casa era mía así que me quede, no cambie casi nada; tengo las fotos y la ropita de cuando era una beba, me gusta cada tanto sacar esas cosas y mirarlas. Me da gusto imaginarme que algunas veces mis viejos me miraron y se sintieron orgullosos de su hija; que mamá me besaba y acunaba o el viejo me sentaba en sus rodillas y me contaba cuentos “Blanca Nieves y los siete enanitos”, “Caperucita Roja”, “Hansel y Gretel”, me hubiera gustado tener hermanos, no me queda ninguna familia después que se murió mama y por supuesto la Cuca que era como una hermana. Ella también nació en esa casa de Paseo Colón y murió allí. No en el hospital, en vez a mí cuando me llegue la hora seguro me mandan al hospital. Nunca quise tener hijos, no quería hacer la vida de mi vieja ni la de la Cuca.
Me doy cuenta cuando el Alemán está por irse es cuando empieza a mirar por la ventana y se queda abstraído mirando vaya a saber qué cosa. Así un día me despierto y no lo encuentro; o abre la puerta sigiloso, llevándose la ropa limpia que trajo sucia, sin decir nada, o estoy cocinando y escucho u ‘gorda, hasta luego’ y sé que es un luego largo o más corto, pero que se va. Al comienzo de nuestra relación me desesperaba esta forma de no poder despedirse, de no saber cuándo regresaría, habrán sido los tres primeros años. Después de la enfermedad y la muerte de Cuca me fui resignando. Ya no me importaba que se fuera sino que regresara, y estoy convencida que siempre regresara.
Los últimos años viene con la ropa sucia y casi hecha jirones, la tiro casi toda a la basura y la mezclo con la otra ropa que le compro en su ausencia, se me rompió el lavarropas y ya no puedo andar fregando, no me dan los brazos y las manos con la artrosis que avanza; no se da cuenta lo de la ropa nueva, no se lo digo tampoco, so ofendería, es orgulloso el hombre.
Estaba contando como son los reencuentros, después de la primera arremetida, se baña, se sienta en el sillón preferido de mi vieja con la lata de cerveza bien fría y yo pongo la música y el camisón insinuante, me acerco contoneándome el ritmo que estemos escuchando, me pongo de rodillas delante de él y comienzo a besarlo por todos lados; después de un rato de besos y manos por todos lados me voy derecho a chupársela, eso es lo que más le gusta últimamente. Esa es una ceremonia que nunca hemos dejado de practicar. Es agradecido por el placer que se siente, después se ocupa de mi satisfacción, con lo que sea o como sea; alguna vez propuso que si quiero buscarme un tipo mas joven lo lleve así puedo gozar más, nunca quise, no me gustan las camas de tres, son para líos y lo dice alguien que siendo una chiquilina lo hizo de todas las formas y combinaciones. Además si me consigo un joven no va ser para mostrárselo.
Son para líos o peligrosas, ahora son una moda, hay boliches de intercambio de parejas; pero hace cuarenta años atrás, no tenía veinte años y andaba por la calle, por la noche, me gustaban las boites de Olivos, los piringundines del Bajo y los de San Fernando. Nos juntábamos una barra en un café de Irigoyen y Maipú, entre Vicente Lopez y Olivos, éramos una mezcla rara de pobretonas como yo, tipos y minitas de mucha plata, niñitos bien de esa zona. Tomábamos mucho alcohol y anfetaminas, bailábamos y nos íbamos a la playa de Olivos a hacer fogones y coger, muchas veces terminamos mezclándonos todos. Una vez, una de esas minitas se quiso matar porque el novio terminó cogiendo conmigo en un rincón de una casa muy pituca, se cortó las venas, un lío infernal, nos llevaron detenidos, todos salieron rápido menos yo que tuvo que ir mi vieja a sacarme, iba con la Cuca que fue la que la convenció. Pobre vieja, esos bianudos ni se preocuparon por lo que me pasaba, ahí fue que quedé embarazada y le hice pagar un aborto al de la novia suicida, aunque muy bien no sabía de quién era, pero el tipo no quería más escándalos y puso la guita.
Otra vez me metí con un tipo con el que me agarré un metejón y quería siempre traer otra mina, hasta que acepté, mucho chuponearme con otra mujer nunca me gustó, aunque entre mujeres uno se entiende bien, el tipo nos contagió a las dos unas purgaciones, que no se cuánto estuve para curarme, me duraron mas que el novio que también se borró. Yo no trabajaba, vivía con un poco de guita que me tiraba la vieja, de algún tipo casado que me mantenía o a veces de levantes ocasionales.
Después me casé, aunque parezca mentira, y por eso puedo vivir, sino con la casa sola no podría comer o hubiera tenido que venderla. Eso fue en un boliche del Bajo, en uno que había en la calle 25 de Mayo, allí iban mucho los marineros de barcos que llegaban del exterior. Lo conocí a Anthony, era yanqui, y con eso que mamá me obligó a estudiar algo de ingles sabía, así que estaba con una mina más grande que yo que era la que me había invitado esa noche. Anthony estaba con otro y me convertí en la traductora de dos conversaciones a la vez. Se tomaron, o no tomamos todo, nos fuimos a un hotel y amanecimos con el yanqui en una cama vestidos, recién a la mañana empezamos a desvestirnos y empezó una de sexo como en las películas. El tipo se recalentó conmigo y al mes tenía que irse así que me pidió casarse y fuimos al consulado y terminamos teniendo una libreta de matrimonio. Regresó como al año, recibía postales de diferentes puertos, en esa época empecé a cuidar a mi vieja, ella se sentía más tranquila de saber que estaba casada, aunque yo cuando podía me escapaba a bailar y levantarme tipos. Cuando volvió mamá había muerto y se instaló conmigo y empezó al infierno, estaba más alcohólico que nunca, entonces traía compatriotas para que me cogieran y él miraba y se hacía la paja; hasta que me harté y amenacé con denunciarlo, porque además me pegaba, en los momentos de lucidez acusándome de infiel. Por suerte se fue de nuevo y repitió lo de las postales. Como a los tres años volvió pero estaba enfermo y más calmado. Me trajo una buena cantidad de dólares y en algo recompensó los golpes. Yo andaba con el Alemán, pero mientras Anthony estuvo en Buenos Aires no apareció. Lo único que cuando regresó tuvo whisky importado, cigarrillos importados y comida de primera, él no preguntó nunca de donde había salido todo eso.
Esa fue la última vez que vi a mi marido, hasta que años después recibí una comunicación de una empresa de seguros y una carta que decía que me correspondía por ser su esposa y no tener otros parientes ni hijos, no sólo el seguro sino la pensión en dólares, por eso puedo vivir aunque no sea una fortuna.
El Alemán sabe que estuve casada y sabe de la pensión, pero nunca preguntó detalles, por eso él nunca me dio un peso, ni yo se lo pedí, si viene en ese estado es porque el no tiene nada y llega acá sucio y hambriento.
Decía lo de los jóvenes, he iniciado a algunos del barrio, a veces en el pasillo a oscuras o en medio de la penumbra se me acerca alguno, pero no es necesario comentarlo mucho o contárselo a él. A mí me sirve para que no me asalten, me hacen algún mandado o me arreglan alguna cosa cuando estoy sola, además si algo sé hacer en la vida es sexo y eso me trajo las peores y las mejores cosas de mi vida.
Ahora usted me cita acá en el hospital y me dice que el Alemán se está muriendo, que en los últimos años entraba y salía del Borda y por eso andaba andrajos, pero que él estaba casado y tenía hijos y en realidad cuando se iba volvía a su familia y trabajaba en un taller que tenía y cuando juntaba suficiente le dejaba a la mujer y desaparecía por unas semanas, si usted lo dice debe haber sido así. Que él le contó su historia y que usted piensa que yo quiero verlo antes que se muera porque tiene un carácter terminal. No sé, yo siempre imaginé que él era un vagabundo, que había andado por todos los caminos y dormía donde le agarraba la noche, nunca pensé que estaba loco, porque sus maneras conmigo siempre fueron las mismas, y si lo voy a despedir es aceptar eso que usted me cuenta, pero sabe yo me voy a mi casa como si no hubiera estado acá, o mejor como si hubiera una confusión de personas, ese del que usted habla no es el Alemán que yo conozco. Me voy a seguir esperándolo que golpee la puerta en medio de la noche, que entre arremetiendo, aunque no sea con la misma fuerza que hace años y a seguir imaginándolo caminando por los pueblos que nunca conocí, ese del que usted me habla no me interesa. Adiós.


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