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Usted sabe muy bien, tal vez como nadie, que la realidad aparente es solo una ilusión. El hombre delgado y rubio había dicho eso mirando al otro, algo más grueso y de ojos entornados que tenía frente a sí. Ambos estaban sentados en la mesa de un bar de la calle Rivadavia que, a pesar de encontrarse a pocos metros de la Plaza de Mayo, a esa hora de la tarde parecía siempre el lugar más solitario del mundo. El mozo acababa de depositar delante de aquellos únicos parroquianos, dos pocillos de café; luego se sentó en uno de los taburetes de la barra y apoyando los codos en la fórmica gastada, puso su cara entre las manos, como si se dispusiese a dormir.
El hombre delgado y rubio y el otro, algo más grueso y de ojos entornados, restaban en un bar de la calle Brasil, alargando el café y el vaso de grapa que les había puesto delante un mozo al que el sueño de la madrugada le había barrido de la cara toda expresión. Estimado Bioy, no sabe cuanto le agradezco que haya venido hoy hasta aquí, dijo el hombre de los ojos entornados, mientras pasaba la mano por el lomo de un gran gato negro que dormía en una silla ubicada a su lado y en cuyo respaldo había colgado su bastón. Bien, querido Borges, ya que fue imposible cumplir con su deseo de ir a la casa de la playa, lo menos que podía hacer era acompañarlo en uno de estos paseos en los que usted desempeña de vez en cuando y que, debo confesarle muy a mi pesar, no me agradan demasiado. Ante la mirada algo desconcertada que recibiera por su comentario, el hombre rubio intentó una explicación, Georgia, por favor, piense un poco ¿estas calles del Barrio Sur, mal iluminadas, de veredas desparejas, tenebrosas y solitarias, son el lugar apropiado para dos escritores como nosotros? El hombre de los ojos entornados suspiró hondamente y dijo con un tono resignado, bueno, caramba, puede ser que usted esté en lo cierto, pero ya sabe que ni para mí mismo encuentro una explicación al magnetismo de esta zona, como la de Palermo Viejo, ejerce sobre mi alma. Será tal vez porque en pocos sitios como aquí, por ejemplo, se unen de manera tan perfecta la realidad y la ficción, conformando ese territorio indeterminado por el que tanto usted como yo solemos deambular con frecuencia, sin saber y sin que nos importe demasiado, cuando estamos de un lado y cuando del otro. Usted, Adolfito, recordará aquel cuanto, el del nieto del pastor evangélico que vino a este bar una noche a tomar un café, mientras esperaba la salida de su tren para el campo. Bueno, yo lo escribí, el lugar y el gato eran ficticios como mi personaje. Un tiempo después, movido por ese desvarió que me da algunas tardes, sobre todo si el cielo amenaza lluvia, viene a recorrer estas calles y encontré no solo el bar como yo la había imaginado, sino también el gato. El planteo que me hice entonces fue, si esto es la presencia material de mi idea ¿Por qué no pensar que también el protagonista va a aparecer algún día, buscando hacer tiempo, tomando un café mientras espera que su tren salga hacia el sur desde Plaza Constitución? Apurando su vaso y el íltimo sorbo de café, el hombre rubio dijo, querido amigo, tiene razón; si este mundo es solo una apariencia ¿por qué personaje imaginario no podría cruzar ahora la escena esta en la que los dos estamos actuando? Retomando el tema en el bar de la calle Rivadavia, el hombre rubio fue el primero en hablar, a fin de hacer uso, según manifestó, de la libertad que usted me dio para que delineara el aspecto de quien hemos dado en llamar La Mujer Ideal. Pero, en principio, y si me permite, voy a pedir un par de medialunas, tengo hambre; he pasado una tarde….en fin… usted me entiende…. Al decir esto, bajó los ojos y esbozó una mínima sonrisa. Por supuesto, contestó el hombre de los ojos entornados en tono comprensivo. Imagino que ha estado en su estudio con alguna señorita ¿nueva, tal vez? Sí, estudiante de letras; quería conocerme, mostrarme algunos de sus trabajos….Sí, sí, no hace falta que prosiga, lo de costumbre…Yo voy a acompañarlo con otras dos medialunas porque también he tenido una tarde fatigosa, si bien por otros motivos. Estuve revisando mis bibliotecas buscando la monografía de Menard respecto al pensamiento de Descartes y no he podido encontrarla…Ante el gesto desalentado del hombre de los ojos entornados, su interlocutor inclinó el cuerpo sobre la mesa para decirle en un tono confidencial, permítame que le diga que usted debería cambiar, aunque fuera ocasionalmente, algunos de sus hábitos y darse el permiso para practicar otros… Superar un poco esa timidez que… Dejemos eso, por favor. Las manos del hombre que escuchaba se habían elevado delante de la cara del otro en un gesto de detener una conversación que lo incomodaba visiblemente. Dándose cuenta, este volvió a su posición anterior, sacudió la cabeza y dijo, tiene razón, perdóneme; vayamos a lo nuestro. Yo sugiero que La Mujer Ideal sea castaña, para no irnos a los extremos de rubio moren, con ojos verdes, que son del gusto de la mayoría, la nariz regular- nada mas antipático que las narices demasiado chicas-, la boca mediana con labios algo gruesos y la piel no exageradamente blanca. No tiene que ser gorda, pero tampoco flaca en extremo. De una altura regular y piernas largas, porque esa es la marca de la elegancia… Y bien ¿Qué le parece hasta aquí? Se encontraron a las siete en punto en el bar de la calle Rivadavia. No se preguntaron que había sido de sus vidas el domingo, ese desierto en el que se hace difícil sobrevivir, como lo habían definido unas cuantas veces ni quisieron saber como se les fue aquella mañana de lunes. Hacía tiempo que habían desterrado de sus conversaciones la realidad inmediata. Cualquiera podía darse cuenta de lo tedioso que eran los papeles de un ministerio, sobre todo los informes de despacho que pasaban por las manos de uno y los de control de útiles de oficina que archivaba el otro. Además ¿a quién le importaban esas cuestiones carentes por completo de significado? Lo que si quisieron saber- mientras uno bajaba las mangas de su saco para tapar las hilachas que mostraban los puños de su camisa y el otro descruzaba la pierna cruzada un momento antes para que no se viera el agujero en la suela de su zapato- fue que habían pensado con la relación a La Mujer Ideal, a partir de la base que dejaran establecida en la mesa del bar de la calle Brasil el último sábado. El punto en cuestión, consistía en la idea compartida por ambos, que la nobleza de un pueblo no la preservan los seres esclarecidos, sino los más anónimos, los más oscuros. De manera tal que esa mujer que corporizaría el ideal con el que un hombre sueña, no debería ser ni alguien tocado por una fortuna que le permitiera pasearse en los salones del mundo ni por el talento que la hiciera distinguirse en cualquiera de las formas del arte. En eso coincidimos, había dicho el hombre rubio en el bar del Sur, pero lo que le pido que reconsidere, es en la cuestión de la belleza. No quiero decir con esto que tendría que ser una mujer perfecta, pero tampoco podemos construir una imagen sobre alguien falto de encanto ¿no le parece? El hombre de los ojos entornados entonces, se había mostrado dispuesto a aceptar lo que el, un entendido más que yo en la materia, según dijo, decidiera sobre los atributos físicos de la dama. Ese acuerdo había marcado la despedida del sábado, frente a la boca del subte donde se separaron. Llevados por un entusiasmo que hacía mucho no experimentaban, salvo un par de tardes que se vieron demorados a la fuerza por sus respectivas y tareas, se habían encontrado rigurosamente a las siete en el bar de la calle Rivadavia para construir paso a paso, detalle por detalle a La Mujer Ideal. Cada uno aportaba lo suyo y cuando había desacuerdo, la discusión podía llevar todo el tiempo de la reunión. Uno sugería una forma de manos que no era aceptada por el otro, considerando que los dedos demasiado finos denotan un carácter egoísta o los labios muy abultados indican una sensualidad explícita que le resta misterio al personaje. Ambos llevaban a la mesa del café de la calle Rivadavia los apuntes que habían redactado en soledad y los confrontaban. Cuando con discusión o no llegaban a un acuerdo sobre determinado rasgo, lo anotaban inmediatamente en el cuaderno de espiral que habían comprado a medias y que invariablemente se llevaba a su casa el hombre de los ojos entornados, porque, como decía el otro, usted es mas cuidadoso que yo para estas cosas. Al cabo de dos semanas, en un viernes casi anochecido, el retrato físico de La Mujer Ideal quedó completado, hasta con las curvas que adquiría el pelo al caer encima de los hombros y la forma de las uñas. Un suspiro de alivio llegó con el punto final y el cerrado del cuaderno. Sin mirarse, uno guardó la lapicera y el otro pidió café para los dos. Deliberadamente, retardaban el momento de mirarse a los ojos. Cuando lo hicieron, por fin, se encontraron en una mirada que una la ansiedad y la incertidumbre. No volvieron a hablar hasta que los pocillos quedaron vacíos. Por fin, el hombre rubio se animó, Borges, dijo, hemos cumplido con una parte de nuestro trabajo, pero ahora nos queda la más importante y la más compleja. Tiene razón, convino el hombre de los ojos entornados. Ya sabemos como se ve nuestra Mujer Ideal. Ahora tenemos que delinear cómo es Esa Mujer. ¿Tiene algún plan para el fin de semana? Nos han hecho una invitación a Silvina y a mí de ir a una quinta en Tortuguitas. Avisaron que tiene una espléndida cancha de tenis, de modo que aprovecharé para desempolvar mi raqueta. ¿Y usted que hará? Pasearé un rato por San Telmo. Me han dicho que en Plaza Dorrego hay un griego muy extraño que afirma ser descendiente de un celebre astrólogo de Alejandría. Como comprenderá, Bioy, ese dato, por si solo, ya justificaría que lo visitara. Pero sucede que, además, hay otro motivo muy importante. El citado tiene un puesto donde vende discos de pasta de óperas y zarzuelas y también algunos extraños libros que se niega a confesar de dónde proceden. Y esa muchacha de la que le hablé, la que suele pasarme a máquina algunos trabajos, me ha contado que el último domingo vio allí, en ese puesto, medio escondido entre álbumes de tenores y sopranos, un tomo de las Eglogas de Virgilio encuadernado en piel de víbora ¿no cree que se trata de un verdadero hallazgo? Los dos sabían que no iba a ser fácil delinear la personalidad de La mujer Ideal y en las semanas que siguieron ambos parecieron entrar en un delirio del que solo emergían cuando el mozo se acercaba para decirles que ya eran las nueve de la noche y tenían que cerrar. Entonces se iban, cada cual por su camino, sin que la hermosa muchacha castaña que tenían descripta en el cuaderno de espiral, pero por sobre todo llevaban instalada en sus mentes, tuviera una forma tan definida en su alma y espíritu como en su apariencia. A la tarde siguiente revisaban los apuntes y cada uno sacaba o ponía del texto anterior, aquello que había pensado en su soledad. A veces se despedían eufóricos, con la sensación de que el contorno del carácter de La Mujer parecía ir afirmándose. Otras noches se separaban llenos de desasosiego, porque lo que hasta un rato antes se mostraba como una realidad, de golpe se había convertido en otra y ella se les esfumaba hacia zonas de sus propios cerebros, donde no la podían perseguir con tanta facilidad. Así, La Mujer Ideal tan pronto era altiva como iracunda, pacífica, ambigua, quejumbrosa, triste, radiante, melancólica o distraída. En lo que coincidieron los dos, fue en la personalidad misteriosa y huidiza. Ella concurría a una cita en un bar, en un departamento o en un parque; se la podía encontrar en una esquina, en un zaguán, en el medio de la calle o en el extremo de un túnel, pero siempre terminaba evaporándose en el temblor de una tormenta o en la niebla de una madrugada o mas allá de los charcos de lluvia o en una estación de trenes. Lo cierto es que por más que se variara de situación, junto a ella el amor no lograba la plenitud; la felicidad nunca era total y siempre parecía haber un vuelo de incertidumbre rodeándola, el peso de una fatalidad suspendido encima de su cabeza. Cuando los dos hombre comprendieron la inutilidad pretenciosa de querer meter a La Mujer Ideal en un molde, decidieron dejarla en libertad e imaginar sobre ella cuanto fuera posible, llegando a la conclusión de que quizás era la mejor virtud con que podían adornarla y lo que le daba el carácter de Ideal, es decir, la posibilidad de hacerla vivir- acompañándola en el intento- cuanta experiencia fueran ellos capaces de crear. Naturalmente, muy pronto hubo que comprar otro cuaderno de espiral para poder seguirla, porque un día Ella estaba perdida en Londres, otro buscaba a un hombre en Paysandú, más tarde remontaba las aguas del Nilo en una barca o tomaba un licor ambarino en una terraza de Paris o miraba como dos guapos se batían a duelo con su nombre apretado entre los dientes en un callejón de Valparaíso. A veces se enamoraba de un conde francés, otras de un traficante chino o de un partisano o de un tenedor del Trastevere o de un escritor que agonizaba en Viena. En ocasiones, el relato adquiría un ritmo vertiginoso, en el que la realidad tomaba la delantera durante un lapso, hasta que la irrupción de la fantasía la hacía volar enredazos que se reinsertaban cuando lo fantástico creía haber ganándola partida. Por primera vez en sus vidas, se fueron a comer juntos a una fonda medio sombría de la calle Perú. Dudaron acerca de si tal vez no hubiesen tenido que comprar el diario y coincidieron en que mejor no. Total ¿a quién le importaba conocer la vida de esa modelo, tan famosa al parecer y las razones por las que alguien- vaya a saber quien- la había matado? Como queriendo cambiar un poco de tema, el hombre rubio dijo, en tanto enroscaba los tallarines en la cuchara, dígame, Borges ¿tiene idea si ya salieron los resultados del concurso de esa biblioteca que está por Villa Urquiza? Mandé un par de cuentos a los que les tengo mucha fe. El hombre de los ojos entornados contestó que recién a fin de mes se expediría el jurado y que él también había hecho su intento, si bien enviando un solo trabajo, el único que tenía totalmente corregido. Enseguida y mientras imitaba a su compañera enroscando los tallarines en la cuchara, quiso saber, estimado Bioy, si consideraba conveniente seguir en el plan en que estaban o guardar los cuadernos y empezar con un nuevo proyecto. El hombre rubio tomó un sorbo de vino tinto y alzando levemente los hombros, considero que lo más acertado sería crear algún otro personaje, porque lo realmente importante para ellos era -por una cuestión de supervivencia- seguir escribiendo, es decir, saliendo de una realidad para ingresar a otra, inventando una fantasía, para escapar de la ficción en la que estaban inmersos. El hombre de los ojos entornados suspiró al tiempo que se servía medio vaso de vino y después de chasquear la lengua, tiene razón; hay que ponerse a pensar en un nuevo personaje al que dar forma; en otras situaciones para recrear. Guardemos estos cuadernos; quizás en el futuro les sean útiles a nuestros biógrafos; nosotros ya no los necesitamos. Porque en definitiva ¿a quién le interesa escribir una historia de la que todos conocen el final.
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