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En el séptimo cruce
“Quien como yo despierta a los perversos demonios que habitan,
imperfectamente domados, un alma humana, para combatirlos ha
de haberse preparado a no salir indemne de tal lucha.”
Freud, Sigmund. El caso Dora
Viernes 20:15 horas. Hace cinco minutos que terminé de atender a mi último paciente del día... de la semana... de las próximas dos semanas. Pasado mañana viajo a San Pablo para participar de un Congreso de Psiquiatría y disfrutar de diez días de un cálido mar azul y una playa con palmeras, caipiriña y el espectáculo de las garotas con sus “corpos de sereia desfilando na areia”. ¡Justo ahora... el teléfono! Dejé que el contestador se hiciese cargo: era Enrique Vidal.
Con Enrique nos une una amistad que se remonta al fondo de la infancia. Interrumpió sus estudios de psicología para ingresar a un Seminario Diocesano y es, ahora, sacerdote de una parroquia de Recoleta. Con frecuencia me deriva, con acertado criterio, personas que le “confesaron pecados” que necesitaban, también, tratamiento psiquiátrico.
–¡Por favor Nicolás, atendeme! Te llamo al celular...
–¡Hola reverendo!... Me estaba yendo...
–Necesito que veas un enfermo... es urgente Nicolás...
–Mira Enrique, el domingo viajo a Brasil por dos semanas. Te dejo las referencias del colega que cubre mis ausencias...
–¡No! Te pido que lo veas vos... y pronto...
– ¿Es una posesión satánica o te falló el exorcismo?
–No te burles Nicolás... es un hombre que sufre... esta muy angustiado... vos podés ayudarlo...te necesita.
–Bueno... mañana, sábado, a las 10...
–No Nicolás... mañana puede ser nunca... me preocupa que cometa una locura...
–Bueno, lo espero en una hora... Adiós mi whisky en La Biela... Nos vemos monseñor.
Por suerte mi biblioteca esconde una botella de J.W. Black Label para esas emergencias.
A la media hora tuve que bajar seis pisos para abrir la puerta de calle –alguien dejó la puerta del ascensor abierta en la planta baja–. Allí estaba, con las llaves del coche en una mano y un portafolio en la otra. Me pareció haberlo visto antes, no soy fisonomista y menos podría reconocerlo bajo la débil iluminación del vestíbulo.
Parece ser que mi traza me delata como perteneciente al mundo “psi”. Sin esperar a que me presente dijo: –El padre Enrique le habló de mí, doctor... Subimos al consultorio. Era un hombre, elegantemente vestido, que frisaba alrededor de los cincuenta años... ¡No cabían dudas que lo había visto! Era un mediático abogado penalista que, haciendo gala de su aplomo profesional y su habilidad para enredar los hechos con chicanas jurídicas, aparecía con frecuencia en los noticiosos de la televisión pretendiendo demostrar, en resonantes casos, que lo negro era blanco en un universo gris.
–Quisiera quitarme el saco doctor–, me dijo aún sin haberse presentado, mientras aflojaba su corbata, desabrochaba los primeros botones de su camisa y apoyaba el abandonaba el celular sobre el diván.
–¿Qué le parece si nos tratamos de Roque y Nicolás? Si no tendré que llamarlo doctor Roque Bustos Melo...
–¡Me reconoció doctor! Perdón... Nicolás.
–Lo he visto en noticiosos y reportajes varias veces...
–Si sigo así no me verás más... ¿Podemos tutearnos?
Nada en común tenía ese hombre hundido en un sillón, con los brazos colgando a los costados y un pañuelo en una mano con el que secaba, a cada momento, el sudor de un rostro que contagiaba su angustia, con el exitoso y altanero abogado que conocí en la televisión.
En el teatro clásico griego se denominaba “persona” a la máscara que los actores usaban para representar a sus respectivos personajes. También nosotros, en la vida diaria, utilizamos diferentes máscaras para cada uno de los roles que representamos: una para la familia, otras para la vida social, la profesional, etcétera, etcétera. En mi oficio debo descubrir que facetas de la personalidad oculta cada máscara.
–Estoy mal... mal, Nicolás... Arruiné mi vida, mi familia, mi profesión... todo... ¿Me podés ayudar?
–Espero que sí... ¿Por qué no me contás todo desde un principio?
–Te puedo contar mi versión, pero es demasiado larga...
–La noche también–, interrumpí.
Roque tiene 54 años. Se casó hace 28 con Claudia, de su misma edad, y tiene dos hijos: Alejandro de 26 –flamante abogado que trabaja en el estudio de su padre– y Silvina de 22, estudiante de medicina. Califica a su matrimonio como “armonioso”. Claudia es una maravillosa esposa y una extraordinaria madre. La describió hermosa, tierna y sexualmente incitante “aún para su edad”. La relación con sus hijos había sido, hasta hoy, excelente. Estaba orgulloso de su desempeño profesional que acrecentaba su autoestima y su solidez económica. “Nada más podía pedirle a la vida”, reflexionó.
Todo iba viento en popa hasta hace cosa de tres meses, cuando asistió a unas Jornadas de Derecho Penal, en La Plata que durarían dos días, un viernes por la tarde y un sábado de mañana y tarde. Como el participaría en la primera mesa redonda el sábado por la mañana, decidió pernoctar en esa ciudad la noche del viernes para asegurarse ser puntual en el evento.
En todos sus años de matrimonio fueron contadas las veces que pasó una noche solo fuera de su casa. Esa noche, aburrido, aceptó la invitación de unos colegas para salir de parrandas. Por el celular, llamó a su esposa para decirle que desconectaría el equipo porque se acostaría de inmediato, y acompañó a otros cuatro casados liberados a reventar la noche platense. El guía fue un abogado local, avezado en juergas y boliches, que prometió hacerles conocer un lugar que jamás olvidarían. Alexandre Henríquez Filho, un jurista paulino experto en crímenes rituales afroamericanos, se unió al grupo.
La vida nocturna de La Plata es muy animada y llena de sorpresas, sobre todo alejándose del casco céntrico. Después de varias vueltas anclaron en un piringundín de una oscura calle de Tolosa. Era una especie de café-concert muy animado con la pegadiza música de las coloridas danzas afrobrasileñas. Cuando entraron unas bellísimas jóvenes de largos cabellos, con traslúcidos vestidos blancos, lilas y negros, ejecutaban –les explicó Alexandre– una danza en homenaje a la Pombagira Cigania, entidad del Kimbanda que mora en los cementerios.
El siguiente número lo ejecutó una irresistible morocha de unos cuarenta años, con una suelta melena negro azabache enmarcando un rostro blanco, que se contorneaba voluptuosamente entre las mesas, envuelta en unos velos rojos que descubrían lo que pretendían ocultar. Absorto, como en trance, Roque no atendió la advertencia de Alexandre: “¡Cuidado Roque, que no se de cuenta que te tiene embobado! Es una encarnación de la peligrosa Pombagira Maria Padilha Dos Sete Cruceiros”. Ella lo vio, le sonrió... y el devolvió la sonrisa.
Ondulante llegó a él, bebió el champagne de su copa, le entregó una rosa roja que guardaba entre sus pechos, lo besó en los labios y le susurró al oído “Soy María Padilla, nunca me olvidarás”. Ese instante fue el principio de la vertiginosa caída de Roque Bustos Melo.
A la mañana siguiente, ante el asombro de sus pares, se excusó de participar en la mesa redonda y abandonó las Jornadas. Esa noche, con el pretexto de que se encontraba cansado para conducir su automóvil, permaneció en La Plata y regresó al café concert de Tolosa. Ella no estaba allí. Ni el patovica que hacía guardia en la puerta, ni los mozos, ni el barman, ni el cajero, nadie recordaba que en ese local hubiese actuado alguna vez una bailarina con ese nombre ni su descripción.
En las semanas siguientes regresó varias veces a La Plata esperando encontrarla. Sus vueltas por la ciudad y sus alrededores, aparentemente sin sentido, llamaron la atención a la policía local y le costó mucho justificar su conducta. Pero, lo más llamativo para todos los que lo conocían era su desinterés por el trabajo. Alegando un demoledor estrés dejo todos sus asuntos en manos de sus asociados. Su portafolio, antes cargado de expedientes y escritos, sólo contenía publicaciones sobre el Kimbanda y una rosa roja seca, aplastada entre papeles de diario.
Sin embargo no era el trabajo lo que más le preocupaba. Su, hasta hacía unos meses, feliz matrimonio se desmoronaba. No toleraba que su esposa se le acercase y sentía repulsión si lo besaba en los labios. Comenzó a beber en exceso y volvió a fumar después de más de veinte años de no probar un cigarrillo.
Unas horas antes de venir a consultarme, conduciendo su automóvil por Recoleta, le pareció verla entrar al cementerio. Abandonó el coche mal estacionado y la siguió una corta distancia hasta que ella, de repente, se esfumó... Pensó que todo era una ilusión. Estaba cansado, sin comer y con dos whiskys y veinte cigarrillos encima. Volvió al coche. De inmediato sonó su celular: la pantalla se había enloquecido. La imagen de la provocativa María Padilla, con su explosiva voluptuosidad, ondulaba intercalándose con unos labios muy rojos que, fruncidos en un sensual mohín, se ofrecían.
No sé si fue la constelación astral de ese día o el destino. Creo que fue pura casualidad el hecho de que pasase por allí Enrique Vidal y viese a Roque –esposo de una de las feligresas de su parroquia– sentado en su automóvil, con el rostro desencajado, confuso... y lo convenciese que necesitaba ayuda.
El prepotente doctor Bustos Melo finalizó su relato estallando en una crisis de llanto. Lo invadía una angustia desgarradora y había que controlarlo ya mismo. Le propuse someterlo a hipnosis. Dudó un poco, pero finalmente aceptó.
Rápidamente entró en un trance más profundo que el que yo esperaba. Aproveché para ver si María Padilla seguía en su celular. No estaba. Al principio la respiración de Roque era agitada y musitaba palabras ininteligibles, intuí que conversaba con alguien. Luego se fue tranquilizando. Más tarde habló con una voz diferente a la suya y en un portugués que mi portuñol no comprende, parecía proferir anatemas. Finalmente entró en plácido sueño. Lo dejé dormir unos minutos y lo desperté lentamente. El procedimiento me dejó exhausto.
Roque irradiaba una paz interior envidiable. “Nunca me sentí tan bien”, manifestó. Le pedí que revisase su celular:
–Lo de siempre Nicolás. La foto de Claudia con Alejandro y Silvina...
–¿Puedo verla?–. Yo, no él, veía en la pantalla como la ondulante María Padilla serpenteaba...¡Sí, contorneándose como una serpiente! Quizás era eso, la mítica Lilith, un ser de dos mundos: el subterráneo de las tinieblas y la muerte, desde donde nos acecha, y el nuestro en fatal encarnación.
Sonó mi celular, era ella.
Le pedí a Roque que me dejase la rosa y los textos del Kimbanda para estudiarlos. “Es un enorme alivio deshacerme de todo esto”, me respondió. Acordamos un próximo encuentro dentro de tres semanas.
No entendía lo que me sucedía. ¿Sería posible que durante la hipnosis los inconscientes de Roque y el mío hubiesen entrado en consonancia, y el me transfiriese su “posesión”? No lo sé. Un encuentro con esa atractiva encarnación no me disgustaría para nada; pero que complique mi trabajo no me convence.
Leyendo lo que me dejo Roque supe que las ofrendas a la Pombagira Maria Padilha Dos Sete Cruceiros se hacen en los cementerios, en el séptimo cruce de caminos contando desde la entrada principal. A la mañana siguiente fui al Cementerio de Recoleta. En el séptimo cruce de caminos, a la izquierda, encontré una sencilla tumba con la inscripción:
MARÍA PADILLA
1841 - 1882
R.I.P.
Deposité la rosa y me fui. En la pantalla del celular sólo estaba la foto de mi gato.
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