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Ha obtenido el Primer Premio en el XVI Certamen Nacional de Poesía Cuando aquel sábado llegamos del cementerio, el departamento cuatro no estaba impregnado de esa característica y endémica fragancia a vainilla a la que nos tenía acostumbrados la abuela Guillerma los fines de semana. Hacía un rato que la habíamos enterrado y, con ella, también se habían muerto las galletitas con forma de trébol, de conejo o de corazón. Nadie logró transformar afectos, enojos, duelos y alegrías en platos de comida con la fidelidad con que lo hizo la abuela. Toda la familia la consideraba una excelente cocinera, pero sólo unos pocos supimos descubrir que amasar, cortar, freír, sazonar y rehogar eran para ella una celebración casi mágica que le servía para observar el mundo. Mis abuelos vivieron en el departamento cuatro casi desde siempre. Allí nacieron papá y tía Leonor quienes en el momento de casarse hicieron todo lo posible por seguir amalgamados y, de hecho, lo consiguieron: fundaron sus hogares en los departamentos dos y siete de ese larguísimo pasillo que todavía hoy logra movilizarme todos los sentidos. Luego, la levadura del amor hizo de las suyas y las familias fueron creciendo en ancho y en alto. Mi hermana Silvina, mis primas y yo nos sumamos para formar lo que somos o lo que alguna vez quisimos ser: una familia que, como las pastas caseras, tienen el irremplazable e inconfundible sabor de los afectos, pero si alguno no está atento, se corre el riesgo de terminar pegoteados y perdiendo la individualidad. Así vivimos y crecimos. El departamento cuatro era como un refugio que sin darnos cuenta todos buscábamos. La abuela y sus comidas tuvieron mucho que ver con esa manera invisible de atraparnos. Era una alquimista de los sabores y los condimentos, una especie de Sherezade culinaria que manejaba la agenda de nuestros paladares. Pero su arte no se agotaba en las cacerolas y en las sartenes. Su cocina era como un tablero de comando que le permitía conocer los caminos que transitaba toda la familia. Sin que nos diéramos cuenta, participaba de todas las cosas que edulcoraban o amargaban nuestros días. En el bolsillo del delantal de turno guardaba una libreta con tapas de hule negro donde anotaba y anotaba con las limitaciones y dificultades que le imponía su mano regordeta, más entrenada en lograr un perfecto y simétrico repulgue de empanadas que en construir palabras con letra pareja. Siempre imaginamos que allí volcaba nuevas recetas o quizás secretos que algún chef televisivo había deslizado en su programa. Porque veíamos el celo y la reserva con que la cuidaba, o quizás porque presentíamos su respuesta negativa, nunca nos animamos a pedirle su libreta. Tía Leonor siempre contaba que la noche que se puso de novia con tío Horacio, la abuela no tuvo mejor idea para la cena que sembrar la fuente de papas fritas con una frondosa y penetrante salsa provenzal. Aquel sábado no estaba prevista ninguna salida y, de repente, una llamada telefónica de Norma –la mejor amiga de la tía– precipitó las cosas. Tía Leonor, siempre tan reservada, no sabía cómo explicar que las entradas para el cine no eran dos sino cuatro y que el pronóstico amoroso anunciaba altas probabilidades de romance. Imagino que la abuela, se habrá parado frente a sus azulejos mientras preparaba el café. Casi con seguridad vislumbraba y presentía signos, pensando en el brillo almibarado que había aparecido en los ojos de su hija después del llamado. Mientras tanto, Leonor echaba mano a cuanto dentífrico había en el baño, cepillando sus dientes una y otra vez para encontrar un antídoto eficaz contra el ajo. Cuando llegaba el sábado, mis primas, mi hermana y yo sabíamos que a la hora de la siesta comenzaba a flotar en el aire un aroma adictivo. Eran las galletitas de la abuela que estaban en el horno y en un par de horas estarían sobre la mesa del comedor rodeadas por cuatro vasos de leche chocolatada para celebrar una ceremonia inolvidable que el olor a vainilla se encargó de evocar toda la vida. Trébol, conejo o corazón eran las formas que adoptaba el amor transformado en galletita. La masa era siempre la misma, pero nosotros le sentíamos sabores diferentes. Jugábamos a devorarnos todos los conejos y competíamos para ver quien partía un corazón a la mitad con mayor precisión. Las pizzas de la abuela Guillerma tenían un poder de convocatoria insuperable. Las usaba, además, como piezas de ajedrez para resolver problemas domésticos y riñas familiares. La abuela observaba cómo estábamos sentados a la mesa, repasando dónde se habían ubicado enemistados, distanciados y rencorosos mientras buscaba respuestas en sus azulejos y así, como una estratega de las combinaciones y conocedora de los gustos de cada uno, servía las pizzas ubicándolas de tal manera que obligaba a los litigantes a tener que pedir una porción, a compartir la última de fugazzetta o a esperar juntos que saliera la napolitana. Así, las palabras y el diálogo se saborizaban y, en la mayoría de las oportunidades, el postre terminaba de endulzar la cuestión. Falsificadora de emociones, los besos y los abrazos nunca fueron la especialidad de la abuela. Le quedaban crudos o se les quemaban de tanto esperar para servirlos. Prefería los te quiero gratinados y las caricias hojaldradas servidos en bandeja. Hasta los duelos tenían una proyección gastronómica. En las semanas que siguieron a la muerte del abuelo las galletitas sólo tuvieron forma de corazón. Sin embargo, a pesar del dolor, la abuela no dejó de cocinar ni un solo día, y la fragancia a vainilla no dejó de acompañarnos ningún fin de semana. En aquella época, yo estaba de novio con Juliana, una compañera de mi prima Lucía, estudiante de psicología. Me tenía fascinado con su facilidad para descubrir y encontrar razones para todo. Con Juliana nada parecía casual. Cuando murió el abuelo, su teoría sostenía que para completar el vacío, la abuela cocinaba pastas rellenas varias veces por semana. Así funcionaba con casi todas las cosas, interpretaba e interpretaba, como si el mundo fuera un enorme diván en el que todos permanecíamos recostados esperando que nos expliquen que la dupla causa-efecto era una cadena infinita. Ahora pienso que mi enamoramiento también tuvo que ver con lo bien que nos llevábamos en la cama. Por suerte, en esos momentos Juliana dejaba de interpretar, con lo cual las cosas eran sólo efecto y, las causas, igual que la ropa, quedaban tiradas en el piso. Nunca supe que pensaba la abuela de Juliana, pero es difícil que haya superado la prueba del mate y seguramente creía que el nuestro era un amor de microondas: caliente por fuera pero con el interior apenas tibio. Así fue pasando el tiempo y Juliana se convirtió en una máquina de interpretar que de a poco fue indigestándome el alma. El sábado siguiente a que termináramos nuestra relación, la abuela no hizo galletitas con forma de corazón y por varias semanas no amasó ravioles ni preparó zapallitos rellenos. La biografía culinaria de la abuela Guillerma no siempre tuvo la textura de su salsa blanca. A veces, los inevitables grumos y contratiempos de la vida le obligaron a buscar nuevas recetas para seguir transitando lo cotidiano. Cuando el médico le encontró a papá la presión alta, mamá se encargó de decirle a la abuela que irremediablemente tenía que erradicar la sal de la comida de su hijo. La sal, su compañera de tantos años, su cómplice para aumentar el tono de las comidas, de repente aparecía sentada en el banquillo de los acusados y declarada culpable de que la presión de papá estuviera casi por las nubes. La abuela nunca estuvo convencida de que algo tan puro y noble como la sal pudiera ser responsable de semejante efecto maligno. Sólo sabía que la presión no era buena para la salud y que a los médicos había que hacerles caso. Así, entre anotaciones en su libreta y mensajes descifrados en sus azulejos fue enriqueciendo un menú que aprendió a llamar hiposódico, para evitar decir “sin sal” y no traicionar a su aliada de toda la vida. No fue fácil, pero con maestría culinaria y una pastilla todos los días, la presión de papá volvió a ser la de antes. Tampoco fue sencilla la tarea de sobreponernos a la noticia del embarazo de Romina, mi prima menor. Estoy seguro de que la abuela fue la primera en darse cuenta. Las dos tomaban mate todas las tardes y mientras cambiaba la yerba y miraba los azulejos, la abuela agudizaba de tal manera su sexto sentido que era casi imposible que no se revelaran los secretos por mejor guardados que estuvieran. No hay duda de que ya lo sabía, sin embargo esperó a que tía Leonor, casi llorando, se lo dijera: Romina había decidido tener el bebé y su novio estaba virtualmente desaparecido. La primera respuesta de la abuela fue levantarse a cambiar la yerba del mate. En la tía, el enojo y la tristeza competían por apoderarse de su cabeza, de sus manos y de sus gestos. La abuela duplicó la dosis de azúcar en el siguiente mate antes de preguntar lo que consideraba importante: cuándo iba a nacer, si tío Horacio ya lo sabía, si habían hablado con los abuelos paternos de la criatura y otros etcéteras. Por suerte, frente a estos laberintos del destino la abuela nunca se caracterizó por hacer preguntas vacías de contenido. Por ejemplo: cómo pudo haber sido o qué piensan hacer. En lo cotidiano, frente a las hornallas, al abrir la heladera o al cerrar el horno, la abuela era dueña de algunas frases que repetía una y otra vez en diferentes circunstancias. Eran como recetas para vivir o para inmunizarse contra el destino, pero en ese momento no encontró ninguna que pudiera mejorar el silencio. Entonces prefirió volver a renovar la yerba del mate y guardar las palabras para su yerno. En abril nació Facundo impulsando un escalón para arriba y expandiendo todo el organigrama familiar: la hija pasó a ser madre, la madre abuela, se estrenaron los títulos de tía y tío y así sucesivamente. Con la llegada del bebé la sangre de la bisabuela Guillerma comenzó a circular más de prisa y por lugares de su corazón todavía inexplorados en sus ochenta y dos años. Empezó a decirle te quiero, a besarlo, a abrazarlo y acariciarlo a cada rato. A manifestar afectos y amores como nunca lo había hecho en su vida, ni con sus hijos ni con sus nietos. Además, tuvo que incorporar un nuevo menú para Facundito y las cuatro hornallas de la cocina pasaron a estar siempre ocupadas. Vapores, cucharones, mamaderas y sopas iban y venían a toda hora. Ese pequeño milagro le estaba enseñando a escribir cosas nuevas en su libreta. Ese sábado, cuando llegamos del cementerio nos sentamos a la mesa. Su lugar estaba exageradamente vacío. El silencio nos sobrevolaba a todos cuando Facundo dijo en su idioma: “tengo hambre”. Romina fue a la heladera y apareció en el comedor con tres fuentes de canelones: con sal, sin sal y de ricota para el más pequeño de la familia. No lo podíamos creer, la abuela había dejado todo preparado. Pensamos que la mejor manera de acompañarla –estuviera donde estuviera– era haciéndole honor a uno de sus platos entrañables. Silvina fue a encender el horno y al pasar por la habitación de la abuela se sentó en la cama, abrió el último cajón de la cómoda y allí estaban: una veintena de delantales ordenados cronológicamente de abajo hacia arriba y mezcladas, como escondidas entre la ropa, tres libretas con tapa de hule negro. Se sentó a la mesa y empezó a leer. Al principio ordenadamente, luego salteándose párrafos y páginas. Sólo se escuchaba la voz de mi hermana y algún murmullo de Facundo que jugaba en el patio. En las libretas, todo lo importante estaba registrado. Secretos, deseos y recuerdos en un contrapunto fantástico de comidas y afectos: la primera vez que Lucy dijo abuela; cómo había domesticado los celos del abuelo por el tío Horacio haciéndoles compartir el plato que más les gustaba; con qué soñaba mientras preparaba la torta de casamiento de Silvina. Reconocía que los corazones de vainilla de los últimos cuatro años estaban dedicados al abuelo y qué necesitaba cocinar con cebolla para poder llorar hacia fuera. Los canelones en el horno se habían transformado en un aroma a comida casera con poderes lacrimógenos. Todos llorábamos sin poder y sin querer consolarnos. Las lágrimas rodaban y rodaban por nuestras mejillas dejándonos un sabor salado en la boca. A todos, menos a papá y al tío Horacio porque la comida sin sal de la abuela estaba tan bien preparada que tornaba insípidas sus lágrimas.. |
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