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Poesías seleccionadas | POESÍA DEL MES

 

 

Luz Gómez Romero
Escritora residente en General Pacheco

 

El Quiebre

Lo bueno dura poco, dicen los que han vivido. Y Malena desapareció de un día para el otro de la misma forma en que había llegado, con la fuerza de una avalancha. Como una de esas trompadas que le pegan a uno de lleno en una pelea trasnochada.
La oscuridad se la tragó al doblar la esquina. Y me quedé viéndola desaparecer, triste como pocos, hasta que el ruido de sus pisadas dejó de oírse. Después entré en un bar que había a mitad de cuadra y me agarré una borrachera de adolescente desvariado.
Ese lunes no fui al hospital.
Malena caminaba distinto, tenía una cualidad casi felina que me convertía invariablemente en su presa.
Por las tardes yo llegaba primero a la vieja casa de Núñez. A veces pasaba por el supermercado y compraba un vino blanco y unas latas de paté del caro, y la esperaba. La esperaba como un náufrago que no ha probado agua en días. La boca como lija.
Cuando escuchaba sus pasos en el corredor, el sentimiento de anticipación era tal que me costaba contenerme.
Llegaba transpirada. Toda ruido de llaves y suspiros.
Su piel era salada. Salada y no tan suave. Áspera, en la justa medida.
Jamás había sentido algo así, ni de pendejo. Y durante un buen tiempo pensé que era lo mejor que me había pasado en esta perra vida.
La sensación de que se amanece con quien no se debe, me duraba un par de minutos, y luego todo se iba acomodando... el pelo lacio de Malena enmarañado, a veces un hilito de baba sobre la punta de la almohada, y un ronroneo casi quejoso seguido de una pierna que reptaba cómoda sobre mi muslo... detalles que se repetían día a día y me maravillaban. Como si Malena fuera una criatura virtual e irrepetible. Como si yo fuera el único hombre del universo que gozaba de aquél espectáculo de privilegio. Yo, y el Che Guevara, que lo miraba todo desde su póster mustio y descolorido.
No había despertador, Malena no tenía. Decía que lo llevaba dentro. Aunque a mí se me atragantara la tostada con el apuro, y me quemara con el café con leche. Ella abandonaba la cama con parsimonia y se trasladaba del baño a la cocina indistintamente. El ruido peculiar de la tostadora sonaba a la par de la cafetera, y me asaltaban unas ganas locas e irresponsables de quedarme en la cama, de hacerle el amor hasta el mediodía.
Café y tostadas, sábanas pegajosas, perfumes varios.
El olor del amor es fuerte.
Establecer comparaciones entre mi mujer y mi amante sería poco amable. Yo me había puesto de novio con Cecilia cuando mi pasatiempo preferido era mirar las revistas porno de mi hermano mayor. Teníamos quince y dieciséis años. Creo que finalmente nos casamos porque lo que nos gastábamos en telos nos alcanzaba para un alquiler. O quizás no, quizás nos casamos porque era lo correcto, porque yo ya estaba trabajando como clínico y era lo que todos esperaban que hiciéramos. Aunque decir esto no sea del todo justo. La cosa es que me casé con la típica chica linda de colegio bilingüe, la que de adolescente iba a misa, y se sentía culpable cuando yo la acariciaba debajo de la ropa.
Con los años construimos juntos, me ayudó a crecer en mi profesión, y crió los hijos. Malena? Malena era otra historia.
Vivía en Núñez, en la casa que había sido de sus abuelos. Estudiaba filosofía, se enfurecía con la injusticia, se reunía con sus amigos en bares mugrientos y fumaba porros. Sabía de memoria las letras de Silvio Rodríguez y los poemas de Martí. Solía usar una remera muy gastada con la cara del Che, y yo le pedía por favor que no se la pusiera para salir conmigo, pero ella se burlaba con una ternura imposible. Ahora que lo pienso, era una imagen del Che con los ojos vidriosos, necrosados –quizás por el efecto de tanto lavado, pero estaba igual que en la foto que le sacaron en Bolivia a pocas horas de muerto. Nunca se lo dije.
En fin. Malena le prendía fuego a mis conceptos y hacía que sonara absolutamente senil, ella era una sabia de veintiséis años.
El tipo de mujer que te roba el alma. Y el buen juicio.
La conocí en el hospital. Llegó haciéndole de muleta a un chico que había sido muy golpeado en una manifestación. Un encontronazo feo con la policía, y el Che lloraba sangre ajena desde el pecho menudo de Malena.
Malena cambió todo. Me abrió la cabeza, me sacudió el corazón. Como una de ésos atletas que saltan vallas en las olimpíadas, ella fue derribando una por una mis estructuras, mis taras adquiridas y heredadas. Entendí que ya no volvería a contentarme con lo que hasta ese momento había pensado era la vida buena. Ya no quise casa en los suburbios, ni asado con amigos, ni siesta de domingos.
Quería sentir absolutamente todo con intensidad, desde los olores hasta la música, desde mi lectura, hasta el orgasmo más apurado.
Compré ropa nueva y adelgacé unos kilos –sabía que estaba dando señales típicas de un marido en medio de una aventura. A la mierda con todo. En ese estado tan particular deambulaba por los pasillos del hospital con una sonrisa de idiota contento y una corbata de conejos.
Cecilia me irritaba como nunca antes. ¿Cómo decirle que la casa me resultaba sofocante, que no tenía cabeza para cuadernos de comunicaciones, ni para domingos en familia, ni para hacerle el amor una que otra mañana antes de que la troupe se despertara?
¿Cómo decirle que su orden me jodía, que estaba podrido de que fuera tan condenadamente virtuosa para todo? Contarle que había una mujer a la cual no le importaban mis pelos en la bañadera, ni la tapa del inodoro levantada, o el pantalón en la silla. Mirarla a los ojos y decirle que todas mis razones cabían entre las piernas de Malena, y que la felicidad en ése momento se concentraba en una casona de Núñez, donde la lluvia sonaba como en ningún otro lado del mundo.
Y que nos echábamos tremendos polvos sobre las mismas sábanas donde habíamos desayunado y que las miguitas se nos hincaban en el culo y que no nos importaba un carajo.
Lastimaría a Cecilia, la heriría de muerte, ella lloraría y me diría que estaba atravesando una crisis de masculinidad, o alguna de esas frases que usan los psicoanalistas para paliar el desamor en las mujeres. Después del llanto vendrían las recriminaciones y finalmente, haría un escándalo al mejor estilo de las protagonistas de Almodóvar que tanto admiraba.
¿Y los chicos? A ellos estaba a punto de marcarlos para siempre, de provocar una tormenta que derribaría el mundo cálido y seguro que les habíamos proporcionado. Los forzaría a librar una batalla contra la inseguridad y el desamparo. Así y todo, ya no me banco más fingir, los chicos vienen con sus deberes y juro que lo que más quiero es salir urgente de allí, porque me siento el peor tipo del mundo. Justina, la más chica, me muestra sus monigotes de crayones y yo estoy a diez mil kilómetros de distancia, pensando que dentro de una hora voy a estar en la cama con la mujer que quiero. Y me siento un mal tipo, un mal padre, un mal todo.
Mis amigos, que al principio festejaron la hazaña e hicieron chistes acerca de “la minita”, terminaron diciéndome que estaba actuando como un pendejo alzado, un ciclotímico. Un día exultante de felicidad, al otro, como si me hubieran pateado la entrepierna.
Fernando fue el más duro en su discurso... que el matrimonio se desgasta con el tiempo, que no se puede vivir caliente con la mina que es la de uno, que podrá no ser sexy a la mañana, que quizás prefiera una buena novela al sexo oral, pero parió tus hijos, te rema cuando andás mal de guita y te banca el olor a ajo cuando comiste milanesas. Y la cosa seguía... “o vos te crees que yo no me acuerdo de cómo era tirarse una de veinte, con las gomas duritas y la piel tirante -y las ganas que tienen siempre hermano! porque a esa edad viven calientes, eso, hasta que a la pendeja se le cruce uno que no ronque, o que la excite más que vos, y entonces te va a dejar hecho pelota, con la autoestima por el piso y sin tener adónde volver”.
A esta altura, de mi boca salían un montón de argumentos de lo más sensatos, y yo quedaba complacido con mis explicaciones aunque a veces notaba que entre ellos se lanzaban esas miradas furtivas que hacían que deseara haberme callado la boca.
Como Malena, hay personas que duelen –como la puta que lo parió.
Personas que cuando están con uno pareciera que cuelgan de tu vida como de un hilo. Invariablemente, cuando nos dejan, pareciera que la vida se hubiera ido con ellas.
Lamerse las heridas parece la única opción válida y más o menos digna si se quiere sobrevivir. Y la resignación es una hermana esquiva que se toma su tiempo, porque los recuerdos golpean cuando menos se los espera.
En cualquier momento del día, la sonrisa pasa a ser una mueca desencajada y fea que se deforma en nuestra cara.
Los recuerdos son como los buitres. Te van comiendo vivo.
Es tarde y no puedo dormir. Prendo la tele, el volumen está muy alto, la musiquita del noticiero me llega antes que la imagen –condenaron a 40 militares por crímenes de lesa humanidad. Yo había vivido en una burbuja– una nube de pedos –diría Malena. Recién estos últimos años me doy cuenta de que como tantos otros, sabía poco y nada sobre lo que estaba pasando en el país. Y que los que hacían política en la universidad, los que enseñaban a leer y a escribir en las villas, los comprometidos con lo que fuera, eran tipos que se jugaban defendiendo sus ideales. Sus utopías, o lo que fuera. Claro que miraba la televisión y los veía, grupos de violentos que portaban carteles de la Juventud Peronista con pañuelos tapándoles la cara. “Los que no te dejaban estudiar”, los montoneros– decía mi viejo. Los zurditos.
Como los padres de Malena –pensaba yo.
¿Y cómo carajo iban a dejarte estudiar si vivían en completa zozobra? Sus amigos y familiares desaparecían de la noche a la mañana, y uno, que era un nene de mamá, un ingenuo de mocasines, no entendía por qué gritaban como desaforados.
Hasta muchísimo después. Y aún entonces me costaba creer que los militares se habían convertido en el “terrorismo de estado” y que la juventud peronista, había pasado de “militar” a poner bombas y a secuestrar Generales.
–“¿Qué harías vos si te roban un hijo? Decime vieja, ¿Si se hubieran repartido a tus nietos entre ellos? ¿No te pondrías vos también, un pañuelo, y saldrías a pedir justicia? Un calzón de pañuelo, te pondrías mamá, así que dejá de hablar así... Porque hay que estar en los zapatos de ésas viejas locas –como las llamás vos.”
Y mi madre me decía “Sos un hombre grande Martín, tenés chicos ¿te gustaría que el día de mañana tus hijos tuvieran que convivir con guerrilleros en la universidad? Yo no sé que te pasó, quien te lavó el cerebro, mirá. Alguna de esas nuevas amistades que has hecho ahora”.
Puede que mi vieja tuviera razón... que Malena –entre polvo y polvo– me haya contado su historia y la de sus padres, y se me haya caído la venda de los ojos. Parcialmente, digo, porque por más conciencia socio política que me haya entrado de golpe, lo que uno ha mamado en su casa no nos abandona nunca del todo. Te aflora cada tanto, y el gorila se te sale del cuerpo, simplemente porque no se puede volver a nacer. La sensación que yo tenía era la de estar parado en medio de una grieta, con una pierna de cada lado.
Para Malena el asunto no tenía grises, los abuelos le contaron que su madre la había parido en un centro de detención clandestina, que se conoció después como el Pozo de Banfield, y que un suboficial estuvo a punto de llevarse a la chiquita con él, pero vaya a saber por qué, terminó dejándosela en el zaguán al abuelo Ignacio, una mañana cuando regaba su jardín.
Yo estuve siempre en la vereda de enfrente, y hasta Malena, jamás había escuchado la otra campana.
Un sábado a la tarde, me acuerdo bien, estábamos en su casa, la música de Pink Floyd nos llegaba desde el living, habíamos tenido sexo del tierno y Malena tenía ganas de hablar, de que yo supiera. Si bien ya conocía su historia, no fue hasta aquella tarde, que la escuché contar los hechos por primera vez -que supe, desde sus lágrimas, desde mi abrazo, que todos estos años yo había estado parado en el lugar asignado a los de mi casta.
Quizás, del lado oscuro de la luna.
No es que quiera abandonar mi casa para “encontrarme a mí mismo”, ni porque necesito tiempo –la mujer que se traga semejante cuento, denota su poca inteligencia o su total estado de desesperación. Tampoco quiero convertirme en otra persona. Lo que tengo claro es que no voy a inmolarme en pos del paraíso familiar.
El concepto de la familia unida es uno de los pocos sueños que nos quedan. Casarse, tener hijos, envejecer junto a alguien, todo eso da felicidad, nos enriquece, porque cuándo uno ama, saca lo mejor de sí mismo, se vuelve mejor persona – hasta los hijos de puta se vuelven más buenos.
Pero esta noche de mierda siento que la angustia me aprieta el cuello.
Y yo estoy aquí, borracho y loco -como dice la canción. Como un pobre león de zoológico, aunque ya no agradezca la comida ni le haga el amor a la hembra que comparte mi jaula.
–“Te fuiste con tus amigos al recital de Fito Paez? ¿Vos? Podrías haber llevado a los chicos, estaban locos por ir. ¿Hasta el estadio de Vélez te fuiste? ¡No lo puedo creer! Y nosotros nunca, nunca me llevaste a un recital, mira que te pedí”.
Y así, mientras escuchaba los reclamos de mi mujer, la recordaba a Malena en otro recital, bailando sobre su asiento, tarareando la letra de las canciones, los ojos cerrados como en trance, con la remerita del Che pegada al cuerpo, los pezones erectos, como cumbres.
Uno puede olvidarse de las cagadas que se ha mandado durante días, semanas quizás, o años –depende del tamaño, pero tarde o temprano algo pasa. Jamás pensé que ninguna de mis escapadas pusiera en jaque mi matrimonio.
Hasta Malena. Hasta que las cosas se me fueron de las manos, y como una gran pelota de nieve rodaron las mentiras y sus consecuencias y mi existencia se sumió en un alud que me llenó de oscuridad. Porque yo estaba ciego, digo –tengo que haberlo estado, para dejar que las cosas en casa se pusieran tan feas.
Como quien va al circo por primera vez, me asomé a ese universo sórdido de los divorciados, separados, solas y solos. Asiduos concurrentes de los happy hours, after hours y demases ...hijos e hijas de los ansiolíticos y los manuales de autoayuda. Huérfanos de pareja y de autoestima. Esclavos del gimnasio y del cigarrillo –porque se sabe– si no fumás, te ponés kilos encima. Y para las minas es peor. Porque se deprimen y le dan a los postres, y después toman pastillas para adelgazar... Y se deprimen aún más.
Ni hablar de lo que duele la repartija de los hijos los fines de semana –nada más triste que una cuarentona divorciada el día del padre. O sí, una que, como Cecilia, ya se había hecho las gomas nuevas pero no lograba desprenderse de los dijes de muñequitos– benditos trofeos que colgaban de su cuello. Como si parir hubiera sido una excursión a los indios ranqueles. Por cada oreja de indio, un muñequito del marido. Y así.
Mujeres tristes en los happy hours. Mujeres envejeciendo en la penumbra. Hombres de corbatas de marca y exceso de perfume sufriendo de síndromes diversos. Una manada de nómades. Unos forros, aparentando pasarla más o menos bien. Y también estaban los legítimos, los originales Prime azules –no acepte imitaciones, los que realmente creían que lo mejor estaba por venir -ajenos a la realidad que nos acecha cruelmente a todos, un fantasma más vívido y atemorizante –la soledad.
Con Cecilia habíamos compartido once años de complacencia, de sopor, de autoengaño. Después de Malena todo era distinto. ¿Cómo volver a ser el mismo de antes? ¿Cómo carajo remarla, sabiendo de la existencia de este otro universo fascinante?
¿Cómo volver a acariciar el estómago de Cecilia, si ya no era capaz de trazar con mi lengua los sinuosos bordes de su última cesárea? ¿Cómo no desesperar ante la piel lisa y firme de Malena, con aquel ombligo maravilloso, invitante como el túnel del tiempo?
Malena arrodillada. Levanto su cara unos centímetros, y la miro directo a los ojos. Una bahiana frente al altar, la sacerdotisa de los desaparecidos y las sandalias étnicas. La raya que divide su pelo vista desde arriba, y una sábana que se desliza por sus hombros como túnica de ceremonia.
Malena reverente. Malena en llamas -dispuesta a inmolarse por amor. Mis dedos que dibujan sus pómulos, mi mano que atrae su cabeza, y enseguida –casi doloroso, el éxtasis que provocan los labios de la mujer a quien se desea con locura.
Algo que me enojaba y sorprendía de Malena, era la absoluta renuencia a discutir cualquiera de sus creencias políticas. Era una mina que te oía, que te escuchaba opinar sobre la vida y el amor cuanto quisieras, pero cuando se tocaba el tema de los desaparecidos, se volvía irracional, le cambiaba la cara, se le teñía de odio.
Aprendí con el tiempo –a callarme a tiempo, y las primeras y contadas veces que traté de hacerle ver las cosas o los acontecimientos desde otro ángulo, comprendí que la fiera que había desatado me asustaba un poco.
Lo raro es que esto no me desenamoraba ni me alejaba, sino que me atraía como suelen atraer los precipicios. Uno caía, y caía, como entregado y añorante a la vez, quizás eufórico... el último nariguetazo de merca al amanecer –antes de estrellarse. One for the road –el último para el camino.
Aún antes de acrecentarse mi pasión por ella o sus virtudes, las tripas me contaban un camino sinuoso y devastado –como en una de esas route films de la autopista 66, con boleto sin retorno a Las Vegas, y una mano de póker mal barajada. Sin mapa y sin brújula. En bolas. Y desesperado.
Por las noches, el sueño esquivo me negaría la entrada, necesitaba dormir para poder soñar. Para verla otra vez -dibujar su boca, recordar su cara, pero dormir era difícil, las madrugadas se me venían encima y no quedaba más remedio que echarle mano a las pastillas. A veces, cuando el efecto adormecedor se hacía esperar, en mi cabeza comenzaba a tararear un tema de Leonard Cohen –en el insomnio siempre te taladra una canción. Y uno no puede simplemente apagarla, eso, y la voz de mi madre que interrumpía la tonada para decir – “los zurdos mijito, mascullaba desde su taza de té, los zurdos van a destruir este país”.
Yo no sé si el país, viejita, lo que es a mí, me hicieron bolsa el corazón.
Esta mujer, mamá, esta pendeja llena de ideales y venganzas, y fotos de muertos. Una mujer que se reía desde los ojos, que amaba la música, la enternecían los animales, y que quizás me amó, vieja –aunque bastante menos que a sus espectros.
Las mujeres que nos hicieron parir, las que no nos amaron lo suficiente, las que un día dejaron de hacerlo, las que nos traicionaron –ésas nos dejan marcas de por vida.
Las de Malena habían sido lacerantes –como muescas en un banco de carpintero. Aunque lo mío se parecía más a una corona de espinas clavada en el pecho que se extendía hacia abajo y hasta mis genitales.
Y la reputísima madre que lo re mil parió.
Hay días en que el bajón me pega más fuerte que otros, sobre todo los fines de semana. Y otros un poco más optimistas, días en que pienso que quizás, allá afuera, sentada en algún bar para solitarios, jugueteando con el hielo de su trago, haya una mujer dispuesta a recoger los despojos, porque el fantasma de Malena se me pega como chicle de subte.
Cuando se está enamorado –cuando se le dan el alma y los cojones a una mujer, es como si le diéramos el poder de lastimarnos, sacarnos de quicio, traicionarnos... como si le entregáramos la manivela de una cuerda para hacernos bailar a su antojo, de acuerdo a su estado de ánimo, como en ese juego infantil “Juanita dice”.
–Juanita dice que ahora te hará feliz –luego que no– Juanita dice que me siente, Juanita dice que me pare, Juanita dice que vamos a estar contentos. Juanita dice que hoy tirará pálidas, nos arruinará la autoestima y lo que resta del día... Y uno no puede hacer gran cosa para no entrar en el juego, porque cuando Juanita está contenta y agradecida, nos convierte en los tipos más felices, más amados y más estimulados del universo. ¡Gracias Juanita!
Recién ahora comprendo porque en las películas la gente dice “estoy loco de amor”, “estoy ciego de amor”, “me tiene loca ése hombre”, “estamos ciegamente enamorados” y toda esa sarta de frases pegajosas que hasta hoy pensé, eran cursilerías de la literatura.
Cuando se ama –se pierde la razón, definitivamente toda perspectiva. Y solo nos resta cruzar los dedos para que la Juanita que supimos conseguir nos retribuya todo ese caudal de amor y de locura que nos ahoga.
A veces extraño la casa. Todavía no me acostumbro a decir “la casa de los chicos”. La casa de Cecilia y de los chicos. Habrá que venderla –vaticina mi madre con su expresión de mucha resta y poca suma, “disolución de sociedad conyugal” dice nuestro abogado, que además es amigo. Y fijar una cuota alimentaria, un régimen de visitas y llenar un montón de papeleo en el Tribunal de Familia que ampare a los hijos, que los resguarde de mi crisis de la mediana edad, de mi calentura de pendejo alzado.
El primer día de audiencia después de los frustrados intentos de arreglo amistoso entre las partes, me encontré parado junto a nuestro ex abogado compartido, una consejera de familia con zapatos de prostituta y voz aflautada, y Cecilia y su abogada –una cruza de lesbiana y camionero gremialista que parecía dispuesta a masticarme las pelotas y escupir las semillas.
Cecilia se había producido como en sus mejores épocas, se había vestido para mí, o para molestarme a mí, daba igual. Nada más peligroso que una mujer herida. Nunca hay que subestimar la jodida sed de venganza.
Nos sentaron a una distancia considerable, frente a tres jueces de familia, un barbudo con anteojos culo de botella –de ésos verdes, una rubia gorda con acné y mala tintura, y una flaca lánguida casi atractiva. Cecilia asumió desde el vamos el rol de pobre mujercita, yo era el responsable de todas sus desgracias. Y tendría que pagar.
Sin salir del asombro asistí a la premiere de mi derrumbe emocional y financiero –mientras que ella – mi novia de los quince años, mi jermu, mi mujer, ahora convertida en un mutante de rapiña, borraba de un plumazo las noches de fiebre y paños fríos de cualquiera de los enanos, la robe desteñida que colgaba de la puerta del baño, y el recuerdo de la mirada pícara que presagiaba su borrachera de dos copas con los chicos en casa de mis suegros.
No sé cómo hice para mantenerme callado la hora y media que duró la bendita audiencia, dejé que mi abogado hablara por mí, como se me dijo. Al salir me topé con un tipo que bajaba las escaleras con la derrota pintada en el semblante –el Tribunal de Familia nº 2 queda en el primer piso, y detrás de él, otro tipo, con la cara tan desencajada como supongo estaría la mía. Otro más en el hall, la mujer se le colgaba de la camisa, y a gritos le echaba en cara infidelidades varias... a la mina se la terminó llevando un patrullero, y yo salí de allí casi agradecido, Cecilia me había sacado hasta las muelas, pero me había ahorrado el escarnio y el llanto.
Con el tiempo me he ido acostumbrando a esta pantomima de las audiencias, un expediente para el divorcio controvertido, otro para alimentos, autorización de venta de bienes gananciales, régimen de visitas... you name it.
Cecilia se veía como una nueva mujer, no puedo asegurarlo, pero casi juraría que su cara estaba más tirante, las gomas más turgentes, más erguidas, no sé. Las de Malena eran apenas dos manzanas chiquitas que se hamacaban al ritmo de su respiración, recordé cómo cabían en mis manos. Y recién entonces sentí, que todo lo malo, todo lo que me estaba pasando a raíz de haberme enamorado de ella –todo eso, lo volvería a vivir una y mil veces.
Tan así de fuerte el regalo, el encuentro providencial con una mujer desnuda, nueva, desconocida -tan mía. Tan de otros.
Y también me di cuenta de todo lo que implicaba ese descubrimiento, en una etapa de mi vida donde los días habían transcurrido como dentro de un pacto de amor descolorido y de buenas costumbres, como quien renueva contrato cada mañana casi por instinto, sin cuestionarse demasiado.
La letra chica sin leer hace años.
La casa de Núñez ha estado vacía por un tiempo, el cartel de la inmobiliaria sigue allí. Hace meses que no sabía de Malena, hasta esta mañana. Esta mañana recibí un apostal de “Cielitos”, una comunidad indígena en Salta, un pueblo olvidado de la mano de Dios, según me escribe. Y ella está con ellos –aunque no sabe por cuánto tiempo. Necesitan un médico, me dice, y antibióticos, también un pizarrón y zapatillas.
No me pregunta cómo estoy, pero me pone que me extraña, y algo más que no logro descifrar porque –como un boludo, al abrir el sobre, se me rompió la postal justo en ésa parte.







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