La inutilidad, que se manifiesta en una o varias áreas de la vida de una persona, es la más riesgosa de las condiciones aflictivas humanas porque, aunque inofensiva a simple vista, esconde una doble peligrosidad.
1) No es una condición violenta, por lo que no permite tomar conciencia de su labor destructiva sino hasta pasado mucho tiempo y,
2) Tiene el poder de determinar la total anulación y consiguiente infelicidad, tanto del que la padece como de todo su entorno familiar.
Su accionar agazapado, lento e inexorable crea una situación muy delicada: no somos plenamente concientes de lo que nos desvitaliza, sino hasta después de varios años en su desoladora compañía.
La inutilidad no reconoce género. Se da tanto en los hombres como en las mujeres. Es un defecto universal. Desde esta perspectiva, el marido inútil es el más peligroso de los cónyuges porque a simple vista parece el más inofensivo de los seres humanos y porque debido a ello no despierta los mecanismos de defensa que se activan en los casos de agresiones y conductas violentas.
Pero la falta de apoyo, la falta de iniciativa y un constante proceder errátil y negativo, sin un verdadero y sólido interés por nada, sume al que lo padece en una estéril ciénaga gris, en el que vive su mutilada vida en espiral descendente, arrastrando a la familia hacia una realidad desesperanzada, depresiva y agotadora.
Su presencia es como un veneno lento, invisible para todos y sin antídoto que se le conozca.
Abramos pues los ojos a tiempo, para ponernos a salvo.