Desde hace diez días, los telescopios de todo el mundo seguían el derrotero, la curva elíptica, de un enorme aerolito que se abalanzaba decidido hacia la tierra...
Desde la peatonal, como un canto de pájaros surge la voz inconfundible de un bandoneón lleno de nostalgia que captura el aire.
Carmen se quedó parada bajo el dintel de la puerta como esperando una respuesta y volvió a repetir, esta vez con más énfasis ¡Otra vez lo hizo el hijo de puta, ya me tiene podrida!
Lo escuchábamos en silencio y con avidez por aprender dado que ninguno de nosotros había visto alguna vez el mar, no podíamos imaginar. Nunca habíamos salido de este barrio encerrado entre vías.
El día se prolongaba en el horizonte y el campo con la quietud de la hora, oía el canto de los pájaros que volvían.
De pronto, desde el otro extremo de la mesa, Carozo le gritó. ¡Pará loco, que aquí hay treinta y tres de mano!
Se encontraba dentro de ese complejo mundo de tiempos y corridas, cuando sintió sobre su pierna una leve presión. La mano pequeña y fría le había dejado una estampita. Sin saber por qué, se estremeció al contacto de la mano que rasgó la imaginaria campana de cristal de su refugio.