¿Por qué leer Ercilia en estos tiempos tan arrojados a la velocidad sin destino previsto, a estos tiempos raudos, de gente rauda para nada? ¿Qué cosa era un bálsamo? Ercilia es un testimonio de un tiempo distinto, de gente con respuestas sencillas a preguntas que hoy nos llevan tratados inmensos y que, sin perjuicio del valor moral e intelectual que esto tiene, más de una vez, complica todo. Es fundamentalmente una novela de la transición de un país lejano pero
nuestro a otro abiertamente distinto, apenas algo más próximo pero siempre prójimo (con perdón de Mario Benedetti) y también nuestro, una síntesis de las continuas diásporas a la que se vieron forzadas las personas de toda condición social e intelectual. En ella se reconocen todos nuestros mayores y sus notables epopeyas: de la inmigración a la mutación de pueblos en conglomerados urbanos, del interior a las ciudades, de la adolescencia a la adultez a los empujones (o a voluntad), pero irremediablemente cada uno de nosotros está con un tramo
de su historia personal en más de un personaje, en más de un arroyo, o en Australia
o en la comparsa de esquila.