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Sombra y reflejo, Historia Nº7 y El plan, tres obras de teatro.
Sombra y reflejo, una tragedia “shakesperiana” de los suburbios, dos bandas de hampones luchan por el poder territorial. Sus diálogos, sus reflexiones, sus admoniciones encierran siempre una cosa distinta a la que dicen. El lenguaje es refinadamente tumbero, suena a español antiguo, quevediano, como si la realidad de la situación estuviera fuera de la realidad burguesa. Es Otro Mundo el que nos habla a través de Fragapane, el Mundo de la Mala Vida, que no deja de ser el mundo que la ciudad oculta. El mundo de los infelices. El mundo de los que no pueden dejar de traicionar.
Historia Nº 7, Fragapane no abandona la exquisitez de su lenguaje críptico y hampón. Quizás se haga más sintético y contundente sin abandonar lo conjetural. Diego, el personaje que lleva la acción, un pesquisa chandleriano, se comunica habitualmente a través de su voz interior, a través de su pensamiento, es decir a través de los signos exteriores del silencio. Dignos de la mala vida son los personajes que se acercan y se escapan de su furia reflexiva: una prostituta, un cafiolo, un travesti y por ahí un tuerto y un enano. No es pintoresquismo lo que dibuja Fragapane: esta vez es el mundo de los abandonados. ¿El escenario?
Un gimnasio, un bar, un burdel, la calle Talcahuano, el Bajo.
Escenarios dignos de Stud Lonigan o de Alias Gardelito. Magnífica y desoladora pieza.
El plan, suena a comedia de enredos. Reaparece un lenguaje burgués. Que comunica lo que no se sabe que es. A la Pinter, porque la densidad de la acción permanece. Permanece justamente con algo muy clásico de los pisahuevos porteños de antaño, hoy democratizado, barrializado por la pequeña burguesía: el “titeo”, el mismo que recordó David Viñas en sus últimos años, el mismo de Saverio el cruel de Roberto Arlt. Es decir la mofa cruel de los presuntuosos hacia él ciruja que en este caso termina volviéndose en contra. Revitaliza Fragapane el cuento del Engañador engañado como una demostración que también sabe mover los hilos convencionales de la dramaturgia, sin serlo, por suerte.
Extracto del prólogo. |