Nací en Almagro como la Beba Bidart y cerca de la casa de Gardel. A los dos años nos mudamos a La Paternal. Viví en una casa con patio en donde las nenas jugábamos al óe sin moverme y una terraza en donde nos convertíamos en princesas como las que yo leía en los cuentos que me traía mi papá que trabajaba en la editorial Kapeluz. Fue una infancia de veredas y de vecinos sentados en las puertas de calle y de tertulias familiares en la cocina. Además, los hermanos de mis padres que vivían en la Colonia Lapin y en Tres Arroyos, paraban en mi casa cuando venían a la Capital. No había mucho lugar, pero el suficiente como para ser feliz. Fue una época de inmigrantes en la cual la gente tenía mucho para contar. Y por suerte lo contaron delante mío. En mi cuadra además de los pájaros, los árboles y las veredas limpias estábamos rodeados de gente con oficios: el padre de Luisa que era planchador industrial, un carpintero que hacía muebles, un fabricante de pantalones que tenía coche para pasear, una planchadora de vestidos de novias, un cantor de tangos, mi papá que tenía un camión para hacer mudanzas, mi mamá que forraba tapados de piel, un almacenero y, como no podía faltar, la puta y una profesora de piano. Rusos, italianos, franceses, españoles, judíos, cristianos, vivíamos todos juntos.
De todos escuché historias y Dios me dotó de buena memoria para que me acuerde y pueda ser escritora, porque el mundo es un mar de historias y, el narrador, un pescador de cuentos. R.V