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Luego de transitar paisajes, pueblos, habitantes, soles y lunas sobre esta tierra, adorada por todos mis sentidos, he descubierto que mi ser debe su existencia a su maravillosa naturaleza. La tierra, con sus amplias manos, va dibujando mapas en los rostros de sus gentes, y una de las formas de manifestarse, es a través del lenguaje de la albahaca. ¡Ay... la albahaca!... ¿Qué misterio esconde en su fragancia, que traspasa mis poros y acaricia el carnaval desordenado de mis huesos?... ¿Por qué desangra su antiguo corazón al filo de mi olfato y en ese instante, en esa ráfaga de ancestros, siento que los dedos de la felicidad me rozan el alma?... La albahaca resiste con su ideal de fundirse al barro de las ollas, soñando un júbilo de Doñas y cucharas, de mazorcas desbocadas y rutas de ajíes transitando pampas y quebradas... Las mujeres atizan en rituales al fuego compañero, amasando la luna con sabiduría porque aunque el suelo está preñado, otros son los dueños, esos que no saben del hambre y a la limosna la llaman “paga”... Pero ellas son como la albahaca... resisten... En sus diferentes oficios, resisten... Con menguante paciencia, resisten... Con creciente esperanza, resisten... Por sus hijos, resisten...
Ya van llegando los hombres con sus brazos lerdos, cansados del arado, soñando con los surcos, sembrando la pobreza con climas de castigo, para luego partir la luna por mitades entre sus manos generosas y humildes.
Todo esto que les cuento va conmigo, a lo ancho y a lo largo del camino, la tierra va en mi sangre, fluye por mis ojos ahogados en el zumo de su vino; me invita a celebrar el canto agreste de los campesinos, y así me da por incendiar de coplas mi guitarra y hacer que mis comadres se quemen en el grito y suban por el aire, liberadas, para que luego, la paz se instale en las aristas del vértigo y todo vuelva a ser verde en el regazo de la albahaca.
Todo esto que les digo, soy yo, una semilla más sobre la tierra.
Donata Paz
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