Damián Jerónimo Andreñuk Escritora residente en Villa Elisa
Nada es importante, ni uno mismo; ni la condena sin tiempo ni sentirnos vulnerables.
Revelaciones de la muerte, hay hechos como golpes que te marcan para siempre cubriéndote bajo una sombra. Galerías húmedas, pies fríos. Portales al vacío develándote que no existen verdades; que todo es relativo, que todo es precario.
Compañero de Sísifo, soy libre cuando puedo.
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Hermano doble del hastío
y de una náusea enraizada en la carne,
malgasté mi fe
atravesando
circuitos enfermos,
andares absurdos,
planos distorsionados.
Cuando la muerte esté tan próxima que ya no le tema,
y mi soledad recorra tus manos, imaginándote en detalle;
sonreiré.
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He logrado conciliar el sueño, el que creía perdido para siempre por tu definitiva ausencia, por extraviarte entera espontánea y cerebral, aguda y fresca; tan cálida
y vertiginosamente espléndida, tan ideal o tan idealizada.
¿Dónde alegrarás las horas?
¿Qué cercanos afectos o renovados pensamientos te habrán encadenado?
¿Cambiarás lo suficiente para ser de nuevo tú?
Algunas veces, muy entrada la noche, la ansiedad se hace un abismo
dentro de mi estómago. Pero logro conciliar el sueño.
En ti he burlado a la infinita nada, a las crueldades del absurdo; al penoso, descomunal engaño de estar vivo.
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Hay un espacio vacuo e inútil, deshabitado como una negación o una grieta en el cuerpo socavándote la carne; indiferente del tiempo, devastado. Allí se mezclan
el insomnio
con las lágrimas
y baba
y sequedades; allí me amparo.