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I. Ventana
La abrumadora rosa
se abate desde el aire.
A lo lejos la hamaca
viene y cae.
El viento está en los árboles.
De la hoja al pliegue
y del pliegue a la luz
voló la blanca abeja
y el sol yace.
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II. Ventana
La luz ligeramente
descentraba:
brazos que eran flexibles
como un tallo
regaban una a una
las sillas en balcones
lejanos. El plástico
brillaba, reverberaba
el agua, y el aire se
asfixiaba bajo la venda
de la insolación.
Así fue por la mañana
y por la tarde: toda
la tarde toda la mañana
la ventana en la luz.
Pero después, tal vez porque
la noche no es propicia,
tal vez por eso huían,
abandonaban las sombras
a los cuerpos,
abandonaban los cuerpos
balcones y ventanas,
saqueaban las miradas
y partían
como barcos de especias
hacia mares lejanos.
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III. Ventana
Tengo en el esternón
una ventana;
allí se acoda el alma
por las tardes,
se asoma a respirar,
respira,
se da una vueltecita
con los ojos, mira,
y el aire se va al aire,
crece.
Crece, se vuela
a lo más alto:
no allí donde hay
mirada,
más arriba, se vuela
más arriba,
muy encima de todo,
a lo más alto;
tan pequeñita el alma
resulta desde arriba,
brizna de hierba,
hormiga, sílaba
recién nacida, vida.
El balcón de la tarde
se oscurece,
el aire se va al aire,
la sombra crece.
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IV. Ventana
Ese verde detrás de la ventana,
ese, ese que han puesto para mí
cada mañana.
Y la música. El canto del agua
en mi ventana.
No mucho más. La lluvia,
el verde, la ventana.
Y la memoria: los limones
colgando, el limonero,
los malvones más dulces,
tierra de los canteros,
y la camita estrecha
bajo el terror nocturno
(era la noche infante,
tembladeral, naufragio,
paredes, techo).
No mucho más. La lluvia,
el verde, la ventana.
Y la memoria. Y algunas
voces que me llevo.
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